Los sueños muertos

Pasados los 25 años, cualquiera tendría claro qué es, hacia dónde va. Pero el somos a veces claudica ante lo que quieren que seas y el dónde vas…, para ese, más de dos millones de cubanos se han encargado de desperdigarse como puntos rojos de localización en un mapa.

El a dónde vamos generalmente huele a partida y renunciamiento. Una beca en el extranjero, un contrato de trabajo en Ecuador, Oslo, México o la Siberia, la ciudadanía española. Quedarse ha dejado ya de representar la manera natural en la que también se va a algún lado.

Hay un momento en el que “se traba el paraguas”. Cuando niños el ABC de la vida es simple: Estudiar para ser “alguien en la vida”. ¿Qué se entiende por ser alguien en la vida? Muchos lo comparan con el título universitario, esta extraña etimología de la frase debió nacer en otra realidad, que no es la mía.

Un título universitario puede dar demasiados dolores de cabeza, a veces es el mejor trofeo para los resignados o el documento perfecto para enmohecer en la pared. La aceptación inescrutable del poco valor del sacrificio en un lugar diseñado para el que sabe “lucharla”.

Si no corres la suerte de una buena ubicación laboral, dígase empresa mixta, turismo, estimulación en divisa, te inventas otro camino para la supervivencia.

Visitar las pirámides de Egipto, El Louvre o costearte simplemente un viaje a la provincia vecina hacen que te tilden de metalizado. Existen tijeras especiales para reducir los sueños y convocarte a la correspondiente adaptación a lo precario.

Y se va la vida y qué haces. ¿Cuáles son las aspiraciones permisibles? Trabajar para comer con un menú de tres o cuatro plecas en el que el postre es un lujo.

No quiero el viaje a la Luna ni veo la meca en una suite residencial, pero me gustaría al menos pensarme la vida. Ya somos demasiados cementerios ambulantes de sueños.

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